En el año 2004, facebook irrumpió en el mundo quitándole el trono a MySpace en el reino de las redes sociales. Su noble lema auguraba un futuro exitoso: “Connect with friends and the world around you on Facebook” el cual prometía a todos conectarse con sus familiares, amigos y especialmente amigos de los amigos. Así expandiendo el círculo social ilimitadamente: cualquier persona en cualquier parte del mundo podía encontrase con su pariente lejano, tal vez un primo que reside en un país extranjero o el vecino olvidado y así restablecer esos lazos perdidos.
Poco a poco empresas, individuos y fundaciones tomaron la iniciativa de crear sus páginas y comenzó la obsesión ilimitada de tener cientos y luego miles de amigos o seguidores, hacer lo que sea por un Like. En un abrir y cerrar de ojos, Facebook se convirtió en una empresa valorada en más de 70.000 millones de dólares basado en su mayor patrimonio: la vida íntima de 2.200 millones de usuarios. A ese precio se descubrió la falsa utopía y todos comenzaron a explotar indiscriminadamente a su prójimo a través de juegos inocuos, premios virtuales e incluso la manipulación de sus sentimientos, religión y de la ignorancia o inocencia. Ahora Facebook controla lo que compramos, lo que usamos y tristemente por quien votamos.
Es un requiem a la civilización: las redes sociales han permitido y peor aún han premiado a la ignorancia incluso la han otorgado la batuta de nuestras vidas en este mundo de la posverdad. Palabras como peer reviews, news, scholars, academic research y science son reemplazadas por twitter, fake news, anecdotes y beliefs. Ya a nadie le interesa el conocimiento o la verdadera educación tan solo le interesa ser popular.
Por mi parte, me despido de Facebook.
Verano 2020